DEADPOOL

Tras una efectiva e incesante campaña de publicidad, Masacre, el superhéroe más sinvergüenza de Marvel, llega a la gran pantalla con su nombre en inglés, Deadpool, en una película para adultos donde reina la violencia, el humor canalla y una conexión permanente con el espectador.



El mismo Ryan Reynolds, protagonista de la película y también productor, ha sido uno más en la atípica campaña publicitaria de Deadpool. Una estrategia provocativa que ha acabado por cosechar un tremendo éxito en taquilla a pesar de su calificación por edades. La premisa: un antihéroe deslengüado y burlón alejado del canon habitual. En definitiva, poca seriedad, conversación directa con el espectador y una película formada a base de guiños y bromas que conforman una película escrita sin demasiados quebraderos de cabeza pero con un público objetivo marcado: el adolescente que busca reírse, ver tortas y cosas explotando.


Si el 70% de lo que ocurre en la pantalla son flashbacks entonces es que el protagonista no tiene demasiado que ofrecer en el tiempo presente. Lo que queda en ese 30% restante son dos peleas bien coreografiadas, violentas y divertidas que pasan desapercibidas en cuanto a contenido de fondo, a pesar de su intención de resultar transgresoras por la violencia y su tratamiento. Al final resulta que tras las conversaciones con el espectador, los guiños y bromas supuestamente rompedoras, y un carácter gamberro que acaba por resultar cargante y poco creíble (ya sea por la traducción del lenguaje del protagonista o su forma de ser), Deadpool se erige en una historia de amor de lo más convencional, con el habitual rapto y rescate de la princesa en apuros. ¿Qué es lo que queda? Pasarlo bien con las alusiones a personajes reales o de otras franquicias y disfrutar de su dinámica estructura de idas y venidas en el tiempo. Por lo demás, me quedo con Kick-Ass.

Puntuación: ** (sobre 5)