STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA

Tras más de un año sin actualizar el blog he de pedir disculpas a los que solíais seguirme con asiduidad, pero también daros las gracias a los que me habéis animado a continuar, habiendo conseguido que hoy regrese para hablar del bombazo del año, y quién sabe si de la historia del cine en materia de recaudación: Star Wars: El despertar de la Fuerza.




La expansión de una saga concluida siempre es motivo de alegría para fans y amantes del cine, pero también objeto de recelo debido a los numerosos antecedentes que nos han llevado a pensar más de una vez que quizá todo debería haberse quedado como estaba, como en los casos de El Señor de los Anillos, con una nueva trilogía basada en El hobbit que rayó un nivel inesperadamente bajo, o Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, que si bien mantuvo las cotas de entretenimiento no llegó a la calidad que atesoran sus predecesoras.

Con Star Wars esa dualidad de amor/odio hacia el renacimiento de la saga ha sido mayor si cabe que en los casos anteriormente nombrados, además existen motivos para desconfiar del renacer por el irregular resultado mostrado en los episodios I, II y III, donde se abandonó la magia y el carisma derrochado por historia y personajes de las películas originales.

Por ese mismo motivo J.J. Abrams, encargado de liderar el proyecto, ha sido absolutamente fiel a las películas antiguas hasta el punto de copiar en muchos casos las fórmulas que bien sabe triunfaron en el pasado. De esta manera se ha asegurado el apoyo de todos aquellos que pedían el regreso a esa línea, pero dejando de lado posibles adiciones que habrían enriquecido un largometraje que en muchas ocasiones no sabe justificar un resurgimiento que, siendo sinceros, se debe en un amplísimo porcentaje a motivos meramente económicos más que artísticos. Han asegurado una fuente de ingresos amplísima, pero durante muchos instantes de la película la impresión es que ya estaba todo contado, con un cierre, en El retorno del Jedi, bastante definitivo.

Se echa de menos una mayor argumentación sobre todo al inicio del film, donde, más allá del tradicional texto introductorio apenas se explica el auge de esta malvada Primera Orden dentro de un panorama político novedoso propiciado por la caída del Imperio. En su lugar Abrams y sus coguionistas (Lawrence Kasdan y Michael Arndt) prefieren enlazar una peripecia tras otra para hacernos un camino tremendamente llevadero pero de poco contenido informativo. Aunque bien es verdad que, a pesar de no acertar plenamente como obra continuista, da en el blanco en cuanto a producto de entretenimiento, resultando ser uno de los blockbusters más trepidantes de los últimos tiempos.

Los nuevos roles funcionan a la perfección: una protagonista con carisma, un compañero de fatigas con motivaciones personales, y un villano con un dilema moral potente. Por no hablar de lo satisfactorio que resulta vivir numerosos momentos fan que pondrán los pelos de punta al respetable, como la aparición de los míticos de la saga -aunque a mi me saquen un poco de la historia-, ver lucir de nuevo los sables de luz o surcar los cielos a los X-Wing o el Halcón Milenario, y otras secuencias magistralmente rodadas que quedarán por mucho tiempo en nuestras retinas, como la espectacular persecución del propio Halcón en Jakku -de lo mejor de la película- o el imprescindible duelo de sables láser en el tercio final de la historia.

Aun así, resulta mejorable un guión que parece arrancar en un sentido, con el objetivo de buenos y malos de encontrar a un desaparecido y mítico jedi, para acabar virando a un calco de Una nueva esperanza, pero el regusto que queda es el acierto absoluto en la parcela de las emociones, que son, al fin y al cabo, la base de todo esto.

**** (sobre 5)

Twitter: @feresbec